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lunes, 5 de septiembre de 2016

No sé si puedo dejarte (crítica)



Mientras esperaba a ser atendido en un bar porteño, una pareja se sienta en una mesa cercana. El mozo, se me acerca y me toma el pedido. Luego se acerca a la mesa de la pareja… y de una manera bastante cortante y con pocas palabras le dicen lo que van a tomar. Claro está que me llamo la atención la situación, y de una manera disimulada comencé a seguir la conversación que tenían entre ambos. La cosa venia por el lado del reproche, al parecer alguno de los dos a lo largo del tiempo había cambiado. Cuando la cosa empezaba a tomar temperatura entre ambos, aparece el mozo con una sonrisa y le entrega el pedido. El silencio fue casi absoluto entre ambos. Luego me entrega mi café, y con un gesto cómplice me dice “Que disfrute del café”.
Estaba más que claro que mi atención estaba concentrada en esta pareja, que de alguna manera nos estaba contando a todos los que estábamos en ese pequeño bar como era que se habían conocido, enamorado… casado y hasta llegaron a tener un hijo. Casi una película nos relató en unos poco minutos. Pero lo más jugoso fue cuando ella le recrimino a él, que había descubierto que tenía un amante. Creo que, en ese mismo instante, todo el bar hizo silencio… y los ojos se posaron sobre el pobre muchacho. En vano fueron todas las explicaciones. Creo que en ese mismo instante todo se había terminado. Ella se levantó con los ojos lloroso y con un cálido beso se despidió de él.
Mientras pasaba todo esto… un joven se me acerca y me deja una gacetilla… de una obra de teatro. La pieza teatral es No sé si puedo dejarte de Gabriel Fernández Chapo. Casi lo tome como una señal o como si lo que había visto era una introducción a la obra. Así que decidí ir a ver la obra.
TEATRO:
No Se Si Puedo Dejarte, se presenta en el Teatro El Ópalo, situado en la calle Junín 380 – C.A.B.A.- Para acceder al teatro hay que subir un primer piso, y a simple vista no cuenta con un ascensor para personas que cuentan con cierta discapacidad. Mientras subía, iba observando las fotos y gacetillas que se encontraban en las pareces de la escalera.
Una vez en el primer piso, me encontré con un pequeño salón de espera, donde hice las acreditaciones del caso.
Luego de una charla amena con el personal del teatro. Descubrimos que el teatro no cuenta con una cafetería, y la sala de espera es pequeña. Cuenta con un pequeño balcón interno, muy bien ambientado.
Minutos antes de que se dé comienzo a la función, ya se encontraba la sala de espera completa. La sala teatral cuenta con 37 butacas, con una comodidad acordes para un espectáculo de 70 minutos.
OBRA:
A las 21hs. En punto se da apertura a la sala, nos invitan a pasar. Ni bien entre a la sala un par de objetos sobre el escenario me llamaron la atención. Una guitarra, una cuerda… y dos muñecos. Una vez ubicados en nuestros asientos, el personal nos recordo que debíamos apagar los celulares y que si queríamos sacar fotos lo hagamos sin flash.
Las luces bajan, y a los pocos segundos entra en escena uno de los actores que se ubica al fondo del escenario, toma la guitarra y la comienza a tocar. Durante casi toda la obra nos deleita con distintas melodías.
Pocos segundos después entran en escena Magalí y Darío y nos empiezan a contar su historia.
Una historia que comienza en la infancia de cada uno de ellos…. La adolescencia y la juventud. De una manera muy simple y directa, nos robaron sonrisas… y para lo que somos algo nostálgicos, fue un viaje sin escala a nuestra infancia.
Sin querer contar el final de la obra, me gustaría decirles que esta pieza teatral te lleva obligadamente a hacer memoria, a reflexionar y seguramente a pensar durante la función en cuanto nos parecemos a los personajes. Los actores y el director Javier Ahumada, nos invitan a un viaje, en donde seguramente en varios momentos nos vamos a sentir identificados.
Al ser una sala pequeña, hay unas cosas que se perciben o se transmiten mucho más. Y eso es la pasión que ponen los actores en el momento de contarte la historia. Los ojos con lágrimas de Magalí y la ternura con la que Darío la toma en sus brazos son una demostración de esto.
Cuando la obra llega a su fin, un fuerte aplauso baja de las gradas. En lo personal, me quede pensando unos segundos en mi asiento. Y si esa era la intención del director y los actores, pues lo lograron.
Una obra recordable absolutamente y recomendable para nostálgicos que nos gusta mirar un poco hacia atrás, y por sobre todo… mirarnos a nosotros mismos y pensar… ¿Cuando fue que todo dejó de ser perfecto?



Agradecimientos:
Muchas gracias Alicia por la invitación. Muchas gracias al Teatro El Ópalo, por la excelente atención recibida. Y muchas gracias al maquinista de la Línea B de subterráneos que me trajo de vuelta a mi casa.

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