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martes, 24 de enero de 2017

El Cofre

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El Cofre

Había un rey que estaba pasando por una crisis sin precedentes. En otras situaciones había sufrido por dolencias del espíritu pero ahora ni la danza de sus reinas, ni los bufones de Palacio, ni sus hijos le daban motivos de alegría.
Una de sus reinas, la más joven, le dijo una noche:
Tu ánimo está oscuro y eso se refleja en tu rostro. Ya no sonríes ni nos das afecto. Hemos hecho todo lo que esperabas, te hemos dado descendencia; ¿qué más quieres que hagamos?
Aunque mi imperio se extiende y todo está en orden – respondió el rey con voz débil – llevo en mi pecho un dolor incomprensible.
Te hemos oído hablar sólo – intervino otra de sus reinas – maldices, amenazas y juras, no sabemos a quién. Hablas a las paredes. Y eso nos entristece.
Mi pobre rey – volvió a tomar la palabra la más joven -no queremos verte así. Amira ha viajado hasta las lejanas tierras de Shambhala y ha traído con ella a dos sabios que pueden aconsejarte bien.
Está bien, pero ahora es tarde – dijo el rey – sólo quiero dormir, mañana temprano los atenderé.
Y partió el rey con sus reinas a la cámara donde dormía con ellas y sus bebés. Al día siguiente, muy temprano, sus guardias le trajeron a los dos sabios. Tenían los pómulos muy prominentes y los ojos hundidos, eran delgados y altos. Sus aspecto era el de dos cadáveres. Los guardias se retiraron con sus lanzas y salieron fuera de la estancia.
-¿Qué es lo que te sucede, Alteza? - interpeló uno de los sabios con voz apagada, misteriosa y susurrante. El rey lo miró con cierta suspicacia, sobre todo por sus ojos negros y hundidos, pero como era tan grande su tristeza, decidió abrirle el corazón.
Espero que sean tan sabios como dice de ustedes Amira. El caso es que poseo un cofre que pertenecía a mi abuelo quien lo heredó de su padre, mi bisabuelo, y éste de su padre, mi tatarabuelo. He conocido por nuestras tradiciones que ellos intentaron abrirlo y como no lo lograron echaron maldiciones sobre él. El cofre ha llegado hasta nosotros y desde que lo vimos el temor nos ha llevado a guardarlo en un lugar muy escondido del palacio. No obstante la curiosidad me venció y llamé a dos maestros cerrajeros, los mejores de este reino, sin duda ellos lo iban a abrir. La tarea fue ardua y estuvieron golpeando todo el día hasta que a la tarde el candado cedió y el cofre se abrió.
Entonces, mi rey, ¿qué había en el cofre? - inquirió el sabio, mientras su compañero permanecía silencioso, con los ojos fijos en el rey.

Nada, señor. Es lamentable, pero no encontramos nada. Sólo yo olfateé un extraño hedor que salió del cofre como una nube de humo que penetró en mis narices y fauces. Horrible hediondez que irritó mi garganta por horas. Lo extraño es que ni el Maese cerrajero, ni mis bufones, ni mis mujeres advirtieron esa fetidez.
“ Decidí encerrar nuevamente el cofre en la cripta y desde ese momento no lo he vuelto a ver.
No logramos ver el motivo de tu tristeza – declaró el sabio – Es un simple cofre vacío que tus antepasados no pudieron abrir. En cambio tú, con paciencia, lo haz logrado. Pero no me queda claro eso del olor que percibiste.
Un olor repulsivo. Desde ese día no puedo controlar mis pensamientos ni mis comportamientos aún cuando entiendo que son excesivos.
Pues ¿a qué pensamientos te refieres? - cuestionó el sabio -.
Me avergüenza decirlo, pero tengo miedo de herir a mis mujeres, a mis hijos, a todo el que se me acerca – afirmó el rey - .
¿Acaso quieres herirlos? - dudó el sabio -
No, ¡por Dios!, pero esas ideas vienen a mi cabeza y, por más que luche contra ellas, siguen allí infectando mi espíritu. Deseo causarles daño bajo la razón de una justa venganza. Pero ni mis mujeres, ni mis hijos, ni mis bufones me han injuriado. Yo he tomado como injuria cada cosa que hacen aunque no sea tal. De ahí que a veces los trato cruelmente – El rey se compungió al decir esto.
Los sabios se miraron e intercambiaron entre sí un gesto de inteligencia.
Déjanos pensar en esto hoy y mañana te diremos lo que pasa – propuso el sabio -.
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Al día siguiente el rey mandó llamar a los sabios pues estaba ansioso por saber qué le dirían sobre su estado. El sabio que había hablado el día anterior tomó la palabra mientras su compañero permanecía en silencio.
Querido rey – anunció el sabio – hemos llegado a la conclusión que toda tu ira tiene que ver con ese cofre. Lo haz abierto y haz aspirado el humo de la ira de tus antepasados. Ellos creyeron que actuaban con justicia al herir y matar, pero tú, a diferencia de ellos, tienes un corazón grande y sabes que el daño que te contrista no ha sido causado por tus mujeres, tus hijos o tus súbditos sino por ignorancia o por pasión. No han elegido perjudicarte de propósito ni con malicia cierta. Por lo menos eso es lo que esperamos.
Lo sé, lo sé – dijo el rey -
Antes de abrir el cofre no le dabas tanta importancia a lo que hacían los tuyos, porque estabas seguro que eso no era con propósito de menospreciarte. Sólo cuando el mal espíritu que perturbó a tus antepasados ha entrado en ti es que haz comenzado a odiar.
No sé lo que debo hacer – afirmó abatido el rey - .
Hay remedios para la ira – observó el sabio – Lo primero que debes hacer es deshacerte de ese cofre maldito. Escribe todos tus motivos de ira, guárdalos en el cofre y luego pégale fuego. Que las cosas muertas se vayan con los muertos. Tus ascendientes habrán tenido ya su consecuencia.
“Para mitigar la ira lo mejor es despojarle al acto cualquier intención de menosprecio. Tal vez no sea su intención injuriarte. No des tanto lugar a la suspicacia, pues, si los motivos reales eran la ignorancia y la pasión, eso debe moverte al perdón y no a la ira. Busca entretenimientos y diversiones honestas y con templanza para que se mitigue tu tristeza, además del sueño y los baños. Tómate tiempo para contemplar la verdad y eso mitigará más que nada el dolor que padeces. Por último, debes saber que tú eres frágil y eso mitigará también tu ira.
Así lo hizo el rey y vivió feliz hasta su muerte. Había dado fin a esa historia de violencia.






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